La enfermedad mi fiel compañera

Ya no recuerdo como era mi vida antes, tenía una familia, un trabajo, amigos y esta enfermedad se lo llevó casi todo y me dejó como única compañera de viaje, la soledad. Cuando me despierto por la noche, ya no tengo a nadie que me abrace, que me dé su cariño, que me consuele, que me acompañe a los tratamientos cuando las fuerzas me fallan. Ya no me queda ánimo para cuidar a mi único hijo porque necesito que me cuiden a mí. Mis padres, ya muy mayores, son más una carga emocional que un pilar en el que sostenerme.

Es muy dura esta enfermedad. Sobre todo porque nadie la valora. Todos los días cuando voy a trabajar no he dormido más de 3 ó 4 horas. Me levanto con dolor, voy con dolor y vuelvo con dolor. Entro a trabajar a las 7 y media de la mañana. Cuando llego no tengo ganas de pensar. No puedo casi concentrarme, la falta de sueño y ese dolor constante hace que no pueda hacer bien mi trabajo, me equivoco a veces, siento que ya no soy la misma. No me valoro como lo hacía antes. Sólo cuento los minutos para volver a casa. Los compañeros no me entienden, sólo justifican otras enfermedades. Me dicen que “achaques” tenemos todos. Pero lo que nos pasa no es un achaque, es una realidad hecha sufrimiento.

Después de una baja médica por esta enfermedad y con una trayectoria de  treinta años de trabajo y toda la profesionalidad demostrada a lo largo de mi vida laboral, perdí mi puesto de trabajo, meses después me reubicaron en otro de inferior salario y categoría. Un trabajo en el que tengo atención al público con un nivel de stress elevado y una distancia considerable al baño.

A veces tengo miedo de quedar con mis amigos, de estar a su altura, de ser un problema. De ir en su coche y que de pronto tengan que detener el vehículo porque la urgencia me deja sin opciones. Este malestar continuo me hace no ser la misma persona, antes siempre reía, ahora simplemente “estoy” sosteniendo el dolor en silencio, he dejado de ser divertida, alegre e inteligente.

Cuando miro mis fotos del pasado, reflejan no el paso de los años, sino el dolor acumulado por la lucha constante, la decepción y el desencanto por una enfermedad de tan difícil tratamiento.

Pero a pesar de todo me quedan fuerzas para seguir luchando, para ponerme bien, para encontrar opciones. Cada vez que alguien me comenta un nuevo tratamiento se abre dentro de mí la esperanza.

Todas las mañanas me despierto con el mismo sueño no tener dolor y ser una persona normal. Hacer una vida normal….

P.A.